Entonces cayeron a la superficie cúmulos de
cenizas blancuzcas aglomeradas con pequeños grumos negros que sintetizaban el esbozo de una
persona.
Entonces entendí que con cortos soplidos se iría disipando hasta no quedar nada en la nada.
Entonces abrí paso a la emanación, dejé que proliferara y se alojase en mi cavidad torácica.
Entonces entendí como iba dañando
mis pulmones, sintiéndome aún poco sagaz.
Entonces no me quedó de otra en
dejar que el perjuicio se fuera esfumando como lo hicieron el humo, la ceniza y
la colilla ya consumida.
Entonces se encargó la pupila ya dilatada junto a la retina en observar el momento, en regular imágenes, y reciclarla en memoria como viejos recuerdos, poder así
mantenerlos vivientes o evocarlos cuando estuviesen empolvados y rasgados; para
darle vida mientras estén en coma, mientras luzcan distorsionados, mientras
sean coexistentes.
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