viernes, 25 de mayo de 2012

Coexistencia.


Entonces cayeron a la superficie cúmulos de cenizas blancuzcas aglomeradas con pequeños grumos negros que sintetizaban el esbozo de una persona.
Entonces entendí que con cortos soplidos se iría disipando hasta no quedar nada en la nada.
Entonces abrí paso a la emanación, dejé que proliferara y se alojase en mi cavidad torácica.
Entonces entendí como iba dañando mis pulmones, sintiéndome aún poco sagaz.
Entonces no me quedó de otra en dejar que el perjuicio se fuera esfumando como lo hicieron el humo, la ceniza y la colilla ya consumida.
Entonces se encargó la pupila ya dilatada junto a la retina en observar el momento, en regular imágenes, y reciclarla en memoria como viejos recuerdos, poder así mantenerlos vivientes o evocarlos cuando estuviesen empolvados y rasgados; para darle vida mientras estén en coma, mientras luzcan distorsionados, mientras sean coexistentes.

martes, 8 de mayo de 2012

Mujer de las faldas largas.

Noche de invierno en la que los árboles estaban tupidos de una brumosa nieve, ella encendió su chimenea abarrotada de leños. Se notaba el espesor del humo mientras se iba consumiendo la recién cortada madera y el ambiente comenzaba a entrar en calor.
Se puso su mejor vestido, tacones altos y boca pintada del tono más enrojecido de sus labiales mientras su acompañante la espera impacientemente en la sala con una copa de vino tinto. Bajó sensualmente las escaleras, levantando su vestido, dejando notar su pantorrilla cubierta por sus pantis medias negras. Se posó perpleja frente a él; iba enseñando un poco de su hombro, los tirantes del vestido caían horizontalmente, llegaban ya justamente diez centímetros más abajo del omóplato (Cálculo que cualquier ingeniero daría) Su sostén de encajes casi se podía notar; un sostén de blondas negras que hacía desesperar al seducido hombre sentado al frente, esperando tener el sujetador en sus manos y ya por fin desprenderlo, soltó la otra tira del vestido un poco más arrugado, los canutillos brillaban con la luz de las velas que vacilaban las llamas oscilando al compás del viento que se colaban en la ventana. Volaban las gotas de sudor de cada uno, sudor que caía desde la frente del caballero y se deslizaba por las orejas; descendían hasta llegar al suelo. Las velas dejaban notar una pequeña aureola marrón, era el pezón de aquella dama, que ya había soltado el sujetador. Con una mirada putona, firmemente seductora dejó caer completamente su vestido mostrando su sexo en un acto indisoluble para el caballero, que solo la deseaba sin ponerle un dedo encima, esperando introducir su índice y anular en su pubis, humedecerlos y sentir el calor emergente de aquella oquedad oscura y penetrable entre sus piernas abiertas completamente como un paraguas. Descorchó una botella de champangne la agitó dejando desbordar la espuma sobre su pecho, se sentó sobre él dejando que lo tocase su desnudez abrazándolo con la coyuntura arraigada de su esternón. La silla rechinaba, resbalaba en el piso empapado de sudor.  Ella giró su torso 180º grados, mostrando su espalda y colocando la mano del excitado hombre en sus senos, bajándolos por su abdomen, en un recorrido hasta llegar a su vagina. Frotó sus dedos con su clítoris con mayor y menor intensidad, gimiendo sin opresión, sin importar que el escándalo de sus gritos quebrantara cualquier silencio que poseyera a los vecinos. Tomó entre sus manos el miembro erecto del compañero introduciendo ágilmente en su pudor mientras venían estos pensamientos a su cabeza:

«Tan pronto atraviese el umbral todo habrá terminado nuevamente.
Volveré a recuperar mi moral antes perdida frente a la lujuria y la ambición
que habrán quedado en esta habitación.
En la mañana seré nuevamente la mujer de las faldas largas, que contiene la diversidad y las penas nocturnas. Tendré lo que tanto he querido. »

Sentado lleno de placer, él gimió, fue un gemido relinchante, quizá un grito agudo, ensordecedor, como aquel que sufría dulcemente el néctar de su condena, desencadenando de su interior un fluvial río blanquecino que desbordaba su cauce y recorría sus piernas, cerrando un ciclo que culminó la invernal noche y quedó plasmado en el diario de una secretaria con dos vidas, y una nota que al final decía: 

«Gracias a esta y a otras noches de placer conseguí mi esperado aumento de sueldo y el ascenso que con gran esfuerzo he merecido durante todo este tiempo.»

sábado, 5 de mayo de 2012

Dos miradas, un camino.

Dar pasos sueltos por un largo camino.
Camino del caminante, estrecho y resquebrajado
travesía rocosa revestida de hojas secas y amarillentas...
El caminante mira hacia arriba en su travesía, nunca hacia abajo.
Cada paso se hace raíz en el camino, dejando una huella, arrastrando una sombra.
El caminante abraza el olor de aquellos árboles que se ven desprendidos de sus historias por un viento juguetón que las lleva a viajar.
Se escuchaban las aves cantando epitafios a aquellas hojas caídas, mientras se pasean sobre el cielo de aquel camino.
Deja atrás astas muertas, a punto de caerse, el crujido  de la fronda que cubre al suelo queda liado con su raciocinio, su oído y su perspicacia.
Se hace breve el trayecto, corto pero difícil para el caminante
tropieza con las barbas de las ramas, pero se levanta y sigue
esculpiendo y moldeando huellas en la arena.
El caminante sigue a paso ligero la travesía del caudal, el viento silba entre las ramas, arrastrándolas hacia el río.
«Quizá por el cansancio el caminante miraba las ramas danzar con las aguas de aquel caudal cuyo final no alcanzaba el horizonte».
Y confunde la humedad con las gotas de su agobio, moja sus pies con las turbias aguas que se escabullen entre sus dedos.
Pero planea seguir andando, andando aunque sus pies mojados queden polvorientos y se apeguen a ellos las pequeñas virutas de las hojas que se entrecortan por su debilidad, quiere sentirse libre, y partir de ese camino en el que solo le queda mirar atrás y comenzar su travesía una vez más.






Muchas gracias a Wilson T, @lnverso, por la compañía de esta noche que le dio vida al camino de aquel caminante.