domingo, 11 de marzo de 2012

Ser de piedra no es tan malo.


Ser de piedra no es tan malo, pensaba la gárgola en su aposento  mientras vigilaba la noche. Con las articulaciones entumecidas aun podía estirar la sonrisa, aunque la misma mueca siempre poseía. Hay muchos pájaros en vuestro lomo de cartón se decía así misma envidiante de su perfecto vuelo desplumado, con el que a primera vista todo parecía mentira. — ¿Es posible que tal criatura con tan pequeño esqueleto logre un vuelo tan extenso? — Se decía con las garras entrelazadas,  y qué de sus patas, podían palpar el suelo mientras que ella allí sentada no podía sentir nada más que las polvorosas ventiscas y escuchar sus propios crujidos por el longevo cemento. También observaba todo desde lo más alto, en contra picada, mientras cada persona pasaba por las calles. Siempre ojeaba el balanceo de las caderas de las mujeres esbeltas que pasaban por la iglesia, no había nada más perfecto que unas piernas largas y sin cemento, esas mujeres enjaulaban cada mirada que a su lado pasaban. Y la gárgola, virgen de miradas, pubescente de admiración, se sentía ignorada, quebrada y con unas grietas en la espalda. — Qué hecho tan irreversible es estar aquí como una piedra enclavada a esta tapia.  Lo decía sin mármol en la lengua, escuchando cada uno de sus pensamientos que eran entrecortados por las bocinas de los autos de la gran ciudad, y el tic tac del reloj que marcaba la hora exacta con su saeta oxidada que al marcar su paso rechinaban por falta de aceite; olvidadas como ella, la vieja gárgola. Qué irónico que muchos quieran estar en lo más alto, mientras yo aquí deseando estar allá caminando entre todos ellos, haciendo más grietas en el piso con mi taconeo.
      “Algún día de este retén saldré, en el medio del sol y el viento estaré, pescaré estrellas con las esquinas de mis alas, acunaré el cielo en mis entrañas. Puede que me pare en un árbol a ver unos pichones nacer, o tal vez me vaya a un arroyo y comer atún o pez. Iré a una playa con mi mejor cara de mujer honrada, luciré mi cuerpo que por más de un siglo no hizo más que recibir lluvia y truenos. Estiraré mis pies de alma cóncava y ellos correrán, hasta desbordar mis nalgas con arena. ¿Me haré un tatuaje? ¿Iré al mercado? ¿Oleré flores?” Pobre gárgola, de tantos sueños se alumbraba, pero su triste realidad no cambiará. Seguirá adherida a la plancha de esa iglesia maligna, viendo siglo tras siglo otros correr y vivir, pobre gárgola, cual envergadura de azufre nunca podrá mostrar.


 Escrito por dos gárgolas de risa hundida, espíritu esponjoso y fulgor tembloroso. Amiga mía, querida Valery, Habloensilencio.