Enlazando una cuerda a mi cintura la usé como guía para llegar a la salida. Los murales como mazmorras impenetrables; absorbían los deseos haciéndolos inalcanzables, obstruyendo mis pasos mientras se iba deshilando la cuerda que aún me mantenía sujeta a la entrada. Tropezaba con cada escombro que veía a mi paso, y la cuerda se seguía quebrantando. Rasguñaba las paredes y dejaba en semejanza de migajas un camino de arenilla que el viento con resoplidos lo iba desvaneciendo, nada estuvo a mi favor mientras estuve a la deriva buscando la salida. Cruzaba cada esquina huyendo de los errores que me perseguían encargándose de deshacer la cuerda, debatiendo contra mí, peleando por la salida; quedando victorioso y llevándose como premio mi estancia entre tantas paredes cubiertas de cicatrices.
SM.
