Desde el inicio de mis noches, desde que la luna ocupa el lugar del sol, y las estrellas inundan con su brillo la inmensidad del firmamento, adornando con una estela la oscuridad del cielo, me sitúo frente al balcón observando las luces de aquella recóndita ciudad. Pensante dejo que el viento se lleve mis aflicciones, y mis ganas de tenerte junto a mí, anhelando que pueda llevarte consigo cada una de mis palabras.
Hago señas a mi fiel compañera, que vigila todas tus noches mientras yo no puedo hacerlo. Esperando me exaspero, mientras hace retorno para traerme noticias de ti.
Me cuenta que puede ver a través de tu ventana como yaces en tu cama después de un largo día, como la húmeda brisa roza tu rostro y te susurra en el silencio mis palabras al oído, como dejas tumbar tu cabeza sobre la suavidad de aquella almohada con la que moriría por cambiar de lugar, y te cubres entre la tersuras de las sábanas que cobijan tu lecho. Te ve despertar en las tardías horas de la noche, imposible de conciliar el sueño por el frío que emanan las paredes; por el frío de la soledad, esperando a que la calidez de unos brazos puedan envolverte. Al apagar las luces, en la penumbra de tu habitación sumergirte en un mar de caricias, sosegar tus penas, cuidar de tus sueños del crepúsculo hasta el amanecer. Día tras día te acompaña desde su lugar la luna, ocupando el puesto de aquel cuerpo extraño que perpetuamente esperas, vigilante y relumbrante para ti.
Todas las noches nos encontramos en este mismo lugar; noches que no descansaría si no viniese a contarme de ti. — ¿Qué sería de mis noches sin ti? — Pregunto a mi querida amiga, cuan resplandeciente y redonda, mientras el tiempo lo permita ocupa el mismo lugar, para poder ver tu rostro en ella.
SM.
